7 de marzo de 2013

Libertad de expresión y homofobia.

Hoy amanecí con la noticia de la siguiente sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación:
El discurso consistente en inferir que la homosexualidad no es una opción sexual válida sino una condición de inferioridad no es parte del ámbito de la libertad de expresión, sino una manifestación discriminatoria y debido a esto usar las expresiones como "maricón" y "puñal" en artículos periodísticos queda excluido del derecho de la libertad de expresión y puede dar lugar a demandas por daño moral.1
Mi opinión al respecto de la noticia está dividida. Por un lado, soy la primera persona en señalar y criticar la homofobia allá donde se presente y en carne propia he experimentado el uso peyorativo de esa clase de palabras hacia mi persona y la discriminación que las acompaña. Por otro, una de mis creencias y fidelidades más arraigadas e incondicionales es hacia la libertad de expresión y prensa.

Siempre he dicho que cuando se cree en la libertad de expresión se cree en ella en un 120% o no se cree en ella. No vale decir “Hay libertad de expresión, pero solamente sí concuerdas conmigo”. Cuando la libertad de expresión (y prensa) está condicionada, cuando se comienzan a excluir ciertos tipos de expresiones de ella ya no es libertad de expresión.


Y no vale tratar de argumentar si n discurso es ofensivo o retrógrado, porque esas son apreciaciones subjetivas y el mismo organismo que prohíbe la profusión de palabras por homófobas, mañana puede prohibir cierto tipo de discurso por “falto a la moral y decencia pública” y luego cierto tipo de música o medio de entretenimiento “porque daña las mentes de los niños”. Abrirle la puerta a la primera es abrir la puerta a las demás.

Dejando bien en claro eso, las reacciones ante la noticia reflejan muy bien 1) la falta de comprensión lectora que reina en nuestro país: en ningún momento se está prohibiendo ni se va a castigar el uso de términos homofóbicos en la vida diaria, sino que se está prohibiendo su uso en ámbitos periodísticos y/o públicos que no sean estudios científicos u obras artísticas y 2) lo intrínsecamente arraigada que tenemos la homofobia en nuestro imaginario nacional: muchas de las reacciones fueron de enojo y molestia y a mi parecer cayendo dentro de tres tipos de respuesta muy comunes en cualquier debate entre personas de minorías oprimidas y ofensores de esas minorías:



"¿Pero por qué ustedes si pueden usar entre sí esa palabra y nosotros no?" Sinceramente esta me parece la más infantil y tonta, porque no es un concepto nada complicado: si en un ámbito de intimidad y consensualidad mi pareja me dice zorra, puta o yo le digo a él cabrón, gordo, estas palabras no resultan ofensivas, pero si las usan otras personas hacia nosotros fuera de ese ambiente de consentimiento y confianza, son insultos (porque de hecho el significado real de esas palabras es insultante).

De la misma manera, las palabras que han sido sistemáticamente usadas para discriminar a grupos minoritarios o vulnerables a lo largo de la historia a veces son palabras que esas mismas comunidades reclaman y tienen en proceso de re-significación (concepto con el que yo no estoy del todo de acuerdo) y que a personas externas a esos círculos no les corresponde usar, porque fuera de esas comunidades donde se intenta reivindicarlas siguen siendo usadas como insultos.

Y, como ya mencioné, la re-significación no me parece que sea un método efectivo (porque fuera de esos grupos es raro que conscientemente una palabra cambie de significado, ya que la evolución del lenguaje es algo inconsciente), pero es un método muy recurrido por diversas comunidades discriminadas en su lucha contra la opresión y esa es la razón por la cual ciertas palabras pueden ser usadas por los grupos discriminados, pero no por las personas externas a ese grupo.


"Me ofende que te ofenda mi término ofensivo", esta es la reacción de “Yo puedo ser participe de la opresión sistemática e histórica contra tu minoría pero si me lo señalas me estás oprimiendo”, es el tratar de igualar un reclamo con ser corrido de restaurantes y lugares públicos simplemente por tomar de la mano a tu pareja, el ser negado de oportunidades como trabajo, escuela, acceso a lugares públicos o en general vivir con el estigma social. Y es cierto que la señalización de una acción discriminatoria no siempre o pocas veces va a ser amable y a nadie le gusta que le digan que lo que está haciendo está mal…pero ¿decir que eso es opresión? ¿Ahora quien es quien tiene “complejo de víctima”?


"Yo no lo digo con intención ofensiva", esta me causa algo de ambigüedad, porque, a diferencia de muchos conocedores del tema, yo sí creo que la intención cuenta.

Hay maneras y situaciones en que se puede decir algo que es esencialmente discriminatorio y que no lo sea, sobre todo en ámbitos de consensualidad, intimidad y confianza. Con tu pareja, con tus amigos, con tu familia, en ámbitos privados…pero, también creo que es cuestión de simple decencia humana evitar esa clase de términos en situaciones en las que no estamos seguros de a quién llega nuestro mensaje o si dichos términos podrían disparar recuerdos traumáticos en ciertas personas, y en los casos en los casos en que efectivamente el uso de dichas palabras discriminatorias han ofendido a alguien no cuesta absolutamente nada (más que decencia humana y empatía) pedir disculpas y dejar de usar dicho término (al menos frente a esa persona).

Y lo que está mal es que no actuamos de esa manera: las personas usan indiscriminadamente esa clase de términos y cuando se les señala que es ofensivo para ciertas personas reaccionan con cosas como “No seas delicado” y “Yo no lo digo con esa intención”, que es lo que yo llamo la predominancia de la voluntad del ofensor vs la del ofendido2, de la cual ya había hablado anteriormente, pero en otro contexto.

Ya he explicado ambos lados de mi postura: creo en la libertad de expresión absoluta y estoy en contra de la homofobia, ¿que cómo se concilian ambas cosas? Sinceramente, no creo que sean mutuamente excluyentes.

Primero que nada tenemos que entender muy bien una cosa: hay una enorme diferencia entre no estar de acuerdo con algo y querer que se prohíba a nivel legislativo eso mismo. Lo primero es completamente humano (el tener aversiones), lo segundo es autoritarismo.

Antes de continuar, y para que se comprenden mejor los siguientes párrafos, quiero aclarar que ya no me estoy refiriendo en exclusiva a esta noticia, (que al fin de cuentas, en mi opinión, no es más que una parodia: prohibir algo que de todas manera nadie o prácticamente nadie hace -usar los términos "puto" y "maricón" en ámbitos periodísticos- no ayuda en nada a luchar contra la homofobia, solamente es una de esas acciones sin sentido que nuestro hermoso gobierno realiza para que pensemos “que sí hacen algo”), sino que hablo de una manera más general:

Tengo una enorme aversión personal contra la homofobia y he sido personalmente afectada por ella, pero eso no significa que me parezca bien que se promulguen leyes en contra del discurso homofóbico. Si una persona rompe el principio de no agresión3 movido por la homofobia, bueno, eso es algo complemente distinto y ahí sí se puede hablar de una acción defensiva y/o castigo ya sea personal o a nivel ley…pero, el discurso, el discurso debe ser libre en su totalidad.

El fin no justifica los medios, por más que apoye la erradicación de la homofobia, el sexismo, la ignorancia, el fanatismo religioso…nunca voy a apoyar métodos autoritarios, deshonestos o extremistas para lograr dicha erradicación. Primeramente porque esos métodos van a contra de mis principios y en segundo lugar, porque creo que la historia nos ha enseñado que la prohibición de algo nunca erradica ese algo, solo genera clandestinidad.

Con lo que sí estoy de acuerdo es con la educación integral (en todo sentido y en todos los ámbitos) y con la crítica y señalización de actitudes y creencias dañinas (definiendo dañino siguiendo el principio de no agresión) que también persiga un fin educativo.

No sirve de mucho castigar -ya sea legalmente o a través del estigma social- a los homófobos, sexistas y demás individuos perjudicadores del bienestar social si no se elimina la fuente de dónde vienen: el pensamiento intrínseco o inconsciente discriminatorio de la sociedad, y eso solamente se alcanza con educación... y la educación real, que no necesariamente se da en las instituciones académicas, esa que solamente se consigue a través de un viaje de investigación personal, que contrasta información, que escucha distintas voces, esa solamente se consigue si hay una libertad total de expresión.
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